Noche de cuentos – Medio pollito

Me dio entre risa, vergüenza y emoción encontrarme en este video presentada con tanto cariño y llena de luminarias como si fuera una estrella de cine. ¡Gracias, Rodrigo! ¡Tus iniciativas me alegran el corazón!

Los invito a ver el cuento de Medio Pollito. Quien no se tira al río, no aprende a nadar. La historia que no se cuenta, no existe. Soy una sin vergüenza por haberme atrevido a contar este cuento. Cosas de pandemia.

Aquí los y las dejo con el video

Vida de perros

De pronto, toda la familia estaba reunida bajo el mismo techo las 24 horas del día. Desde el más pequeño en primaria hasta el dueño de casa, un tipo cincuentón, cuya pelada prematura lo hizo verse viejo a los treinta. La madre está escondida en su habitación desde que todo comenzó, conectada al computador y el teléfono todo el día. Dirige un colegio y los mensajes que recibe hacen bailar la cama con su vibración. Casi tanto que por un momento creí, cuando la estaba acompañando, que era una sesión de placeres que el padre quizás no le puede dar en estas circunstancias rodeados de cinco chiquillos. La pobre, tiene unas ojeras profundas y una flacura que solo ella entiende.

Al comienzo todo me pareció perfecto. De no recibir ni un cariño, me llené de mimos. La hija del medio había peleado recién con el novio, por lo que me agarró como si fuera una muñeca de trapo y me dejó empapado del lloriqueo que se pegó. Hasta me usó de pañuelo, pues se había acabado el papel higiénico. El menor, comandado por su padre, quien le dijo que me bañara, me metió a una tina perfumada de lavanda. Aunque no me gusta mucho la parte del agua o la del secador de pelo, pues me dan miedo, cuando llegamos a la parte del cepillado, lo agradecí. Tenía varias pulgas que hacía un tiempo me estaban molestando. A las 6 de la tarde. el hijo segundo me sacó a pasear, previa autorización de salvoconducto por internet y una aplicación que se baja al celular. Se asume que los pobres no tienen ni un perro que les ladre. Nos fuimos pateando una pelota de fútbol al parque más cercano. Me hizo correr como nunca. Quedé con la lengua afuera, aunque feliz. Ya ni me acordaba lo que significaba ponerse a correr con las orejas al viento.

Por la noche, la hija mayor me vistió de caperucita roja, pues tenía que hacer un proyecto para un curso online de fomento a la lectura. Eso sí me echó de su habitación cuando se dio cuenta que la pata de la cama estaba toda meada. El hijo cuarto me llamó y yo fui ilusionado, pues no me gusta que me regañen. Me puso frente a la computadora y me dijo que le hablara a su amigo Julio. Yo no vi nada, aunque le dijo algo a la pantalla que yo apenas logré descifrar. Puse ojitos de perro apaleado y él me abrazó y me rascó el pecho como a mí me gusta. Finalmente, esa noche, en vez de ser desterrado a mi fría casucha en el rincón más desposeído de esta casa, el más pequeño me dejó meterme entre sus sábanas. A pesar de que ya estamos entrada la primavera, todavía hace frío, por lo que los dos ganamos.

Ya llevamos tres semanas así. Los baños diarios han aumentado a dos por días. Tengo varias manchas en el cuerpo por la psoriasis. Hasta el canario del vecino deja de piar cuando me cepillan. Nadie me echa cuenta. El veterinario hace consultas solo online y cobra igual. Dice que él también tiene que comer.

Los paseos se han multiplicado por catorce, pues cada miembro de la familia quiere tener su recreo de una horita de ejercicios o caminata por el parque. Por suerte, ya no me llevan al supermercado desde la vez que a la vuelta me comí una de las bolsas, incluida la tela. Y ya no aguanto las sábanas ni los mimos. Tengo un canal de youtube para chicos de tres a ocho años, y mi cuenta de Instagram ha llegado a los 10.000 seguidores. No sé qué pasó esa segunda semana de marzo del 2020, pero yo, lo que sí sé, es que añoro los tiempos en que pasaba tirado en la alfombra, a la lumbre de la chimenea, sin hacer nada, absolutamente nada.

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A Buck y todos los perritos y perritas del mundo en cuarentena

Pia Alliende | Crooked River Ranch, 16 de abril 2020

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El arrendajo

 

El arrendajo

Por la fisura de la ventana del copiloto entraba un aire frío que me hizo levantar de golpe del asiento. Ya no estábamos en movimiento. Me limpié la saliva que corría por el costado de mi boca y me sequé las manos en los protectores de los asientos gastados de la camioneta de mi padre. Al parecer, me había quedado dormido. Busqué el pomo y bajé con prisa la ventanilla. El olor de los enebros mezclados con la tierra húmeda y el aire fresco de la mañana penetró en mi nariz, llenándome los pulmones de recuerdos que no tenía.  A lo lejos se sentía el resonar de ollas y a mi padre acomodando leña mientras silbaba. El humo precoz de su fogata comenzó a mezclarse en mis entrañas con aquellos otros olores más vívidos. El canto de un arrendajo azul interrumpió mi remolona. Recordé el día que mi padre me puso uno entre mis manos y me explicó que su color azul sólo se debía a la estructura interna de sus plumas que se refractaban con la luz. Al aplastarlo con mis manos, la coloración azul intensa desaparecía, pues la estructura había sido destruida. Al tocar su cabecita con mis dedos, esa vez me di cuenta de que el pobre pajarillo estaba asustado. Su cresta subía y bajaba rítmicamente y su canto de alarma sonaba de manera desesperada. El mismo canto que escuché esta mañana.

Al mover mis piernas intentando acomodarme mejor en el estrecho espacio de la cabina, mi codo acciona la palanca del limpiaparabrisas que comienza a rechinar en el cristal y mis botas sienten golpes de vidrios en el suelo. Me agacho y busco atientas. Comienzo a contar mientras los coloco en el asiento del conductor. Seis, siete, ocho botellines de cerveza y quizás cuántos más ya estaban en el cuerpo de mi padre. Me giro para apagar el limpiaparabrisas y me encuentro con el rifle. Lo toco con cuidado, sintiendo cada parte con la punta de mis dedos. Se siente frío y tentador. El arrendajo continúa su canto, cada vez más intenso. Mi padre me grita, siento sus pisadas. El arrendajo sigue piando, entrando en mis oídos como un enjambre enajenado de abejas. Más gritos, más pisadas, más humo envolvente y ese piar continuo. Siento el aliento de mi padre y su mano como una garra que me coge el antebrazo. ¡Boom! El ruido sacudió mis huesos dejando un residuo de los demás sonidos suspendido en el aire. Había apretado el gatillo.

¿Por qué estaba allí? ¿Por qué me sacaron de mi cama y me pusieron en una camioneta durante más de dos horas? Mi padre pensó que iba a ser una buena experiencia para mí. Un día de caza nos podría brindar un momento de unión entre padre e hijo, a pesar de que él sabía que yo había nacido ciego.

El arrendajo dejó de cantar y nuestras estructuras se desplomaron.

Pia Alliende

Crooked River Ranch, Oregon, 9 de abril 2020

Arrendajo

La Intervencionista del río Deschutes

Los ríos han sido siempre parte fundamental de las diferentes civilizaciones y para mi un símbolo clave de lo que significa la vida. Sin agua no podemos vivir. Cuando estamos tristes o deprimidos nuestros caudales se secan de todas las lágrimas que derramamos y cuando estamos felices o eufóricos nos inundamos derramando energía a nuestro alrededor. Los ríos son unos más sinuoso que otros, siguen cursos inextricables, a veces inexplorados, o sobreexplotados, pero al fin todos llegan al mar, ya sea a través de otros o por sus propios medios; sirven para aplacar nuestras rabia que nos acalora, su sonido incesante nos aclara las ideas, nos transportan a otros lugares y le tendemos puentes para poder cruzar con menos dificultades.

Hoy he cambiado el nombre de mi blog por enésima vez. Bueno,  hablando de manera hiperbólica. La verdad me da mucha pena no ser ya la Intervencionista del Guadalquivir, pues eso significa que he tenido que dejar a muchas personas queridas y que ya no me será tan fácil ver el río Guadalquivir ni vagabundear por las calles de Sevilla en mi bici, o bajar la cuesta de Guzmán a 50 km por hora, y matar de susto a María, la bella y joven monitora de mi taller de escritura en Valencina.  Pero los cambios son buenos para las sinapsis de nuestro cerebro, como diría José Luis, otro integrante de mi taller de los jueves. Y en ello estoy, haciendo muchas conexiones neuronales que espero no terminen en cortocircuito.

Lo de los ríos nació con el primer ejemplar del Intervencionista que se publicó hace más de 20 años a orillas del río Dañicalqui. Desde ese momento, cada vez que escribo como Intervencionista lo hago desde el río que está a mi lado. Es así como he sido intervencionista del Dañicalqui, del Calle-Calle, del Mapocho, del Milk River, del Potomac, del Deschutes, del Guadalquivir, y ahora de nuevo desde el río Deschutes. Los dejo a ustedes con el desafío geográfico de ubicar donde queda cada río.

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El río Deschutes

 

 

 

 

Lo que nunca dije

Para Rosa. Inspirada en Alice R. Brown y Hollie McNish

Nunca lo conté de un tirón, pero ahora te lo cuento a ti. Cuando quedé embarazada la primera vez, vivíamos en las afueras de un pueblito en el que apenas había luz y un teléfono público en donde la operadora se enteraba de todas las noticias de sus habitantes, incluidos nosotros, que éramos una especie de Gulliveres en el país de los enanos con nuestras amplias chaquetas de montaña North Face rojas y nuestro tamaño XL. Transcurrido los tres meses de rigor decidimos llamar a mis padres para darles la noticia. Era domingo. Nos habíamos levantamos tarde. El día estaba claro y tibio. Nos fuimos en bicicleta. Compramos el periódico, vino, y mientras esperábamos nuestro turno para el teléfono, una vieja peculiar me comenzó a hablar:

Me llamo Angélica y soy de Pemuco. Vivo un poquitito más allá no más. La misa empieza a las 11 todos los domingos, pero yo no fui, pues a esa hora estaba durmiendo. Que floja ¿no? Si, tengo tres hijos, soy madre solterita, todos de distinto padre. El primero se llama Jonathan Gian Carlo. El nombre lo saqué del Vanidades. Él es hijo de un australiano, Billeke, aunque era de por Chillán, y parece alemán, pero yo le puse que es australiano. Ese tiene quince años. La segunda es hija de Archi Nabalkian Melkonian, armenio que conocí en una micro en Santiago. No me pude resistir. Era de ojitos verdes, pelo blanco, camisa abierta con pelo en pecho y cadena dorada, anillo, shorts como los de ustedes, reloj importante, y sandalias. Tenía las piernas así peluditas como las de su marido. Me preguntó si me podía bajar de la micro y yo le dije que sí. Iba a traer su auto. No se demoró ni diez minutos y ahí estaba. Yo arrendaba una pieza en Bilbao con Salvador y nos pasábamos desde mi pieza a su departamento y de su departamento a mi pieza. Mi hija se llama Katherine Estefanía por una princesa o reina que hay de Mónaco. También lo saqué del Vanidades. Ahora tiene cinco años. La última es hija de un argentino que conocí en el hotel donde yo trabajaba en Santiago de camarera, un hotel de turismo en la calle Sótero del Río en el centro. A esta última le puse Caroline Angélica por mí, porque ya no se me ocurría ningún otro nombre y por la canción __Sweet Caroline que voy a ser con tu amor… (cantando)…. El armenio era tan educado. Era el que más me gustaba. Ahora me esterilicé, pues no quería tener más hijos

Durante toda la conversación, o más bien monólogo, Markus la miraba estupefacto, pues no podía creer que tal personaje tuviera tanto éxito con el sexo opuesto.

Yo, por mi parte, pensaba en la burbuja que se estaba gestando en mis entrañas y las cosas que sí le diría a mi madre y las que le iba a ocultar sobre mi embarazo, como el que me había tirado en un trineo improvisado con bolsas de plástico el día anterior, en una de las muchas excursiones que hicimos en esas montañas. Para mis padres, hacer deporte, moverse mucho durante el embarazo, era motivo de peligro y pérdida.

Finalmente, cuando fue nuestro turno, cogí el auricular y escuché la voz de mi padre.

-Papá, hola, soy yo

-Isabel, Isabel, ven. ¡Es la niña!

-Los estoy llamando para contarles que estoy embarazada.

-Isabel, que dice que está esperando…

Siento como la voz se le quiebra y sus lágrimas casi me llegan a mojar mis manos temblorosas.

Después de una conversación entrecortada en la que no me atrevo a entregar más detalles, ya que todo el pueblo me escuchaba, colgué.

Ya está. Se los había comunicado. Ahora era cuestión de esperar seis meses más hasta que la chica o el chico naciera.

Recuerdo las náuseas que me provocaron las longanizas que Markus decidió cocinar un fin de semana o los arrebatos de lechuga con limón que me gustaba comer en un bol grande para preparar tartas. Y también la adquisición, en el sector de Pueblo Seco de un can de dos meses de edad al que le pusimos Sancho Panza, dado en honor a tan noble acompañante, siempre práctico y con los pies en la tierra, mientras nosotros, sus dueños, soñábamos con un mundo mejor y buscábamos vivir a la orilla de molinos de agua, ríos cristalinos y copihues silvestres.

Una mañana, cuando yo regresaba de uno de mis viajes a la capital a visitar a mi familia, Sancho había decidido cortar sus ataduras y vagar por el campo cual Frankenstein arrastrando con su cadena un saco de arpillera hasta entrada la noche cuando encontró a Markus que volvía del trabajo, para luego hacerse caca y pipí en el comedor. Cuando entré en la casa, vi que los platos permanecían inconmovibles y sucios en el lavaplatos, y Markus dormía añorando mi presencia bajo cinco frazadas en nuestra cama. El olor a mierda me entró iracundo y tuve que correr al baño a vomitar.

Recuerdo conducir metódicamente durante una hora todos los meses a los chequeos mensuales al ginecólogo de la ciudad más cercana. Éste había adquirido orgulloso su primera máquina para hacer ecografías y no escatimaba oportunidad para esparcir un gel frío en mi barriga y observar en un monitor el crecimiento de nuestra hija. Sí, sería una niña. La nueva tecnología se había encargado de decirnos lo que iba a ser, y desde ese momento la comenzamos a llamar con el nombre de mi abuela y de la amante de Neruda. El médico, orgulloso nos entregó en un VHS los primeros movimientos del bebé que parecían más bien un televisor en blanco y negro al que se le había perdido la señal.

Pasaron los meses y a Markus se le terminó el proyecto en el sur. Entrada ya la primavera nos volvimos a la capital y yo comencé a trabajar en el estudio de mi padre, en la administración, junto a uno de mis hermanos. Trabajaba duro. Al almuerzo me iba a nadar a la piscina de la YMCA, 3 .000 metros diarios.

Los primeros movimientos de mi hija no los sentí hasta casi los cinco meses y no eran más que las brazadas que podría dar un guarisapo en un charco de agua semisalada. Y comencé a escuchar las historias de terror del embarazo de bocas de amigas, tías, cuñadas y primas. Te van a salir estrías, várices y la piel se te va a manchar. Vas a tener que comprarte una crema para los pezones que cuando des leche se te van a agrietar y te van a doler como nunca. Y prepárate, que no te vayan a poner mucha anestesia, que a mi hijo lo tuvieron que sacar con fórceps de lo dormidas que me dejaron las piernas y la ingle.

Mi hija comenzó a crecer, y nada me ocurría. Por el contrario. Un día que había quedado de encontrarme con Markus en la Feria del Libro, mientras caminaba, un hombre de unos treinta y tantos años alzó un shop de cerveza muy cerca de mí y dijo alegre, quizás ya con unos cuántos tragos en el cuerpo: ¡Brindo por la mujer más guapa del mundo! Yo miré a mi alrededor para no perderme la oportunidad de admirar también a aquella belleza única, cuando sorprendida, me di cuenta de que el hombre en cuestión se dirigía a mí. Nunca caminé más erguida y orgullosa que esa vez, como patito feo haciendo halago de mi cuerpo inflado.

Nadie me dijo que mi barriga se iba a encoger con el agua congelada de los riachuelos del sur y que sentiría que mi hija se contraería como una piedra, o que, ante la noticia de la muerte instantánea de la vecina y mejor amiga de mi madre en un accidente con un camión, necesitaría agua con azúcar y sentarme en una silla para no sentir que mi hija se me iba a resbalar entre las piernas del dolor que sentí. O que ella iba a protestar cada vez que trabajaba hasta pasada las nueve y media de la noche. O que días antes de nacer, decidió no moverse más y tuve que acudir de urgencia para que me dieran una cucharada de manjar y la volviera a sentir después de haberme comido la lata completa. O que no bastaran ni cuarenta papayas del norte ni interminables caminatas y subidas a lomas cercanas a la parcela de mis padres, para que se dignara nacer pasadas las 40 semanas.

Mi cuñada, que era anestesista y ayudó en el parto, me advirtió: cuando llegue el momento real del nacimiento, disfrútalo, que es muy cortito. Los preparativos para este breve acontecimiento se me hicieron eternos. Entré feliz al hospital y en el proceso nadie me dijo que una perdía la dignidad, que te rasuraban el pubis sin miramientos, que te ponían laxantes y te reventaban la bolsa de agua a vista y paciencia de todo el equipo médico y quizás otros intrusos y que te mojas como si nunca te hubieras meado en tu vida. Nadie me dijo que la matrona se iba a poner a bailar y cantar el vals de Matilda cuando nacía nuestra hija, ni que Markus se iba a obsesionar con un artículo de la revista Newsweek de unas gemelas que habían nacido con dos cabezas cuando conducíamos camino al hospital. A éste le prohibí que se fuera de mi lado durante el parto, después de haber escuchado al marido de una amiga que cuando vio nacer a su primer hijo tomando palco desde lejos, le pareció como cuando le cambiaban el aceite de su coche por lo brutal que era el reguero de sangre.

Matilde is bornNadie me dijo que mi hija iba a ser tan cabezona que me tendrían que rajar y hacer un sinnúmero de puntos que se me infectarían, ni que me la pondrían encima de mi pecho antes de cortarle el cordón umbilical y yo la rechazaría por miedo a infectarla o que se la llevarían de mi lado para medirla y lavarla y que me quedaría sola con un sentimiento de abandono infinito mientras me limpiaban por dentro y sacaban mi placenta. Nadie me dijo que la leche bajaba al tercer día, que mis pechos crecerían como nunca lo fueron y que después todo resultaría un fraude pues seguirían siendo pequeños. Tampoco me dijeron que el olor a vaca no se me quitaría hasta entrado el año, ni que la famosa cuarentena yo hubiera preferido que durara un siglo.

Esta historia no es anónima porque no quiero que lo sea. Además, por su extensión sabrás que soy yo quien escribe con la excusa que me voy y no quiero que quede perdida entre mis recuerdos. En fin, nadie me dijo lo que yo quise saber y es por eso por lo que te lo cuento a ti. Lo más probable es que cuando te ocurra, a ti tampoco nadie te lo va a haber dicho.

De cómo Rose perdió el equilibrio (versión 2)

Narrando nuestro cuentos

Había una vez…¡No, no! Que ya está muy trillado ese comienzo. ¿Cómo debería iniciar mi cuento, chicas y chicos?

—Érase una vez!!!

Ah, pues bien…

No, no, tampoco. Este es un cuentacuento, por lo que quizás las convenciones escritas no se van a ajustar mucho a la narración oral. Dependerá tanto de mi público y mi manera de captar su atención. Sin embargo, intentaré transcribir lo que quiero contarle a mi audiencia.

Esta es una historia basada en un cuento de tradición oral del altiplano andino que le escuché narrar a Ana Padovani, quien me ha inspirado para dedicarle este cuento a mi gran escritora amiga y compañera de taller, Rosa Domínguez Moreno. Por su parte, la primera versión sobre cómo y cuando Rosa pierde el equilibrio y de la que también me he basado y nutrido profundamente, me la ha contado otro maravilloso escritor amigo y compañero de taller, Jesús Gelo Cotán. quién también me ha proporcionado detalles importantes de la verdadera Rosa. Por esas cosas de la vida y el ser humano, en estas dos narraciones hay un duende que algo tienen de similar. Yo espero que mi versión no sea plagio, sino más bien un remix complementario a las otras historias de Rosa y Quispe, niños del mundo que pierden el equilibrio y el tiempo.

Ustedes, mis estimados lectores,  al leerme, no ganarán nada. Sólo perderán el tiempo.

De cómo Rose perdió el equilibrio (versión 2)

Cuenta la historia de una niña llamada Rose que vivía en una casita del Aljarafe sevillano con su padre, su madre y su hermano pequeño Fonsi. Todos los días después del colegio acompañaba a su padre quien hacía trabajos de fontanería en los pisos de familias acomodadas del barrio de los Remedios en la ciudad de Sevilla. A Rose le encantaba montarse en la camioneta, hurgar entre todas las herramientas y coger el lápiz con que su padre marcaba las medidas de las tuberías para encontrar algún rincón del piso necesitado de alguna reparación y ponerse a escribir. O leer su libro favorito, La historia interminable de Michael Ende. Y así  se lo pasaba todas los tardes laborales. Transcurrieron los días, meses y muy pronto,algunos años, hasta que una tarde Rose escuchó a sus padres que hablaban (cuando los padres hablan hay que poner las orejas muy atentas).

— Mira mujer, creo que nuestra hija ya está lo suficientemente grande como para que me ayude con algunas labores de mi profesión. Pero yo ya no la puedo ir a buscar al colegio todos los días, pues ese tiempo podría estar con los clientes. Necesito que me eche una mano con los trabajos más pesados, pero no se me ocurre cómo puedo encontrarme con ella si estoy en Sevilla.

La madre de Rose miró a su marido y cogiéndole de las manos le dijo.

— No te preocupes Antonio. La niña es lista, Yo le enseñaré a irse en autobús a Sevilla.

La madre, que era muy prolija, comenzó a enseñarle a Rose a sortear el mundo del transporte andaluz. Meticulosamente, todos los martes y jueves iba a buscar a Rose al colegio y juntas recorrían a toda carrera los 450 metros que distaba la parada del Convento en Nueva Sevilla para coger el autobús M-158 de las cuatro de la tarde.

—Recuerda Rose— le decía su madre cuando veían aproximarse el autobús — no te vayas a confundir. El autobús tiene que decir A Sevilla y es el M-158, no el 159 y ni se te ocurra coger el 101 que con ese no haces más que dar vueltas circulares por el Aljarafe. Vas a tener que correr de prisa cada día hijita, si no quieres quedarte esperando por una hora a todo sol o lluvia, y darle un enfado a tu padre y un susto a mí, pues el puñetero autobús solo pasa solo una vez cada una hora.

Rose escuchaba con aprensión las instrucciones de su madre, aunque una vez dentro del autobús se sentía segura al lado de ella.

Pasado un mes, la madre de Rose le dice a la niña:

—Mira hijita. Yo creo que ya estás preparada para irte sola a Sevilla. Yo así me puedo quedar en casa, lavando, planchando y preparando la cena. Si te parece, desde mañana te irás sola, ¿verdad hijita?

—Nooooo mamá. Voy a tener miedo. No quiero ir sola.

—Ay, pero hijita. Si te da miedo, lo que debes hacer es escribir. Sacas tu lápiz y te pones a escribir. Verás que con la escritura el miedo pasa, hijita. No te preocupes que en Sevilla te estará esperando tu padre…
Pero vas a tener que tener mucho cuidado, pues dicen que en los autobuses anda por ahí un duende que es muy malo. Muy pícaro y va a querer hacerte algún truco. Tú no le hagas caso, tú hazte la sorda, no juegues con él. En Plaza de Armas te estará esperando tu padre.

Y es así como al día siguiente se quedó Rose sola en ese autobús que le parecía enorme, enorme y que se comenzaba a llenar de gente gritona y de un aire cargado de sudor que le golpeaba en la nariz y las orejas. Rose miraba por la ventaba y veía a los coches pasar rápidamente mientras el autobús daba trastabillones. Empezó a sentir miedo y a sentirse sola, muy sola, a pesar de la multitud que la apretujaba. Entonces, se acordó de lo que le había dicho la madre. Que la escritura la iba a acompañar. Y cogió lápiz y papel y empezó a escribir y a escribir. Mientras más escribía menos miedo tenía. Rose estaba tan absorta escribiendo que no se dio cuenta que a su lado se había sentado una persona muy chiquitita. Cuando levantó los ojos, dio un salto de susto al ver al duende.

—Ah Rose, hijita. ¡¡¡Qué bien escribes!!! Yo estoy muy aburrido aquí. Este autobús apesta. ¿Por qué no juegas conmigo?

—No, no, duende. Ya me dijo mi madre que tú eras muy malo. Yo no quiero jugar contigo.

—Pero ¡Rose! ¡No sabré yo lo desconfiadas que son las madres! No le hagas caso, hijita. Vamos, ¡juega conmigo! Mira, que tengo un juego muy sencillo. En esta bolsa tengo lápices, de esos que los hombres llaman marcadores. Con ellos tú podrías ilustrar tus cuentos y te harías famosa. El juego es muy simple. Tú tienes que adivinar el color del marcador antes de que yo lo saque de mi bolsa. Y si ganas, te los llevas todos, Rose, ¡te los llevas todos!

—Bien duende, pero …¿qué pasa si pierdo?

—¡No pasa nada, Rose! En este juego no pierdes nunca. Siempre ganas, ¡siempre ganas! Lo único que puede pasar es que pierdas el equilibrio, y un poquito de tiempo.

Y fue así como lo único que se escuchaba en el autobús era

—Verde

—¡Ganaste!

—Amarillo

—¡Ganaste!

—Azul

—¡Ganaste!

—Rojo

—¡Ganaste…

— Marrón

—¡Ganaste…

—Ganaste…

—Ganaste!

—¡Rosa, como yo!

—No, era morado, pero te lo regalo,porque parece que eres daltónica

En fin. Rose le fue ganando uno a uno todos los marcadores al duende. pero no se daba cuenta que por cada marcador que ganaba, su cuerpo daba un pequeño saltito y la barriga le subía y le bajaba. La verdad es que era hasta divertido. Parecía como andar en la montaña rusa.

Cuando ya la bolsa del duende estaba vacía, Rose se percató que el autobús a Sevilla había comenzado a hacer su recorrido de vuelta hacia el Aljarafe y le entró el pánico. ¡Cómo se enfadarían sus padres! Poco antes de desaparecer, el duende le dijo:

—No te olvides de tocar el timbre si quieres llegar a tu casa, Rose, que la próxima es tu parada. Baja con cuidado, pues conmigo has perdido el equilibrio y un poco el tiempo jajajajajaja.

Y tal cual, apenas se levantó de su asiento, Rose se cayó al suelo y se bajó del autobús con dificultad, echándole la culpa al chofer por lo mal que conducía. Pero ya camino a su casa, comenzó a tropezarse con las piedras y los pequeños hoyos del pavimento en mal estado. Comenzó a correr, pues ya se le había hecho muy tarde y la noche estaba cayendo, pero solo avanzaba unos pasos pues ya tenía las rodillas todas rotas y le salía sangre a borbotones. Comenzó a llover. Arrastrándose por el camino se puso a llorar…

—¡Rose, Rose!

Cuando abrió los ojos vio a sus amigas Cristina y Macu que la rodeaban.

Estaba sentada en el pupitre de madera verde claro de un colegio del Aljarafe del cual no me quiero acordar. No, sí. La verdad me quería acordar, pero no supe cómo encontrar ese fragmento en mi mente ignorante. Sí, ese del circunnavegador que nunca llegó a destino.

Rose, de nueve años yacía inclinada en su pupitre con la cabeza de lado, la mejilla izquierda achatada por el olor de la madera, la boca abierta, un pequeño hilo de baba que le corría por el mentón y unos ronquidos que la hicieron despertar y estallar a toda la clase en carcajadas.

Rose, mi arma, ¿dónde está tu tarea? ⁠—La Bacteria miró inquisidora a la pobre niña a quien le caían los rizos entre los ojos y solo entreveía a la maestra algo molesta por la actitud desinteresada de la niña

—No tuve tiempo de hacerla, Seño. ⁠Ayer perdí el equilibrio en el autobús.

—Bueno, no importa, total todo lo que tú escribes ¡es innecesario! — le respondió malhumorada la Bacteria.

Rose miró desconcertada a su alrededor. Sonó la campana para ir al recreo. Cogió su estuche y al levantarse cayó de narices y con ella volaron por el suelo una infinitud de marcadores de los más variados colores.

—Macu, porfi, anda a buscar a Fonsi al aula de primero. Dile que es importante.

Cuando Fonsi llegó donde Rose que seguía en el suelo, ésta comenzó a regalarle uno a uno cada uno de los marcadores que el niño aceptaba con una sonrisa encantado.

Con el tiempo, Rose recuperó un equilibrio precario, y Fonsi, dicen las malas lenguas, perdió el norte y se fue al oeste, pero eso…

¡eso es otra historia! —dijo el duende.

«Y como mi cuento fue tu arrullo ahora yo quiero conocer el tuyo»

(frase final prestada de Cristina Verbena)

Valencina de la Concepción, 13 de junio 2019

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Este cuentacuento se ha desarrollado dentro del marco de una nueva sesión mágica e inspiradora de mi taller de escritura creativa, «La espuma de los jueves» dirigido por la joven y bella monitora, María.

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La bella y joven monitora disfruta con la lectura de sus creativos polluelos

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La lectura de Cary fue un trabajo en equipo

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Hasta mis perros, Clyde y Buck escucharon con atención el relato de Teresa

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Nos la pasamos muy bien en el Cuentacuentos de los jueves. José Luis ya no puede más, mientras nuestro escritor irreverente, Manuel Valderrama observa incrédulo ante tanto arte narrativo.

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Hasta Buck, mi perro, disfruta con uno de los dos relatos de Jesús

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Ada y Teresa disfrutan de uno de lso relatos

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La intervencionista y sus dos ayudantes

 

El rebalse de la espuma de los jueves

Siempre me ha gustado escribir, pero solo una vez había participado en un taller de escritura. Tenía diecinueve años. No recuerdo mucho el taller, pero sí la sensación de estar aburrida escuchando relatos mal leídos y a un escritor de ciencia ficción muy poco atractivo haciendo comentarios destructivos de lo que escribíamos. No duré mucho. Quizás fue mi propia culpa, pues nunca he recibido de buena gana las críticas a mi propia creación. Por ese entonces había escrito un cuento al que llamé «El volantín«. Se lo mostré a mi madre, quien después de leerlo atenta, se sentó cariñosa a mi lado y comenzó a hacerme con boli en mano, una serie de correcciones que me cayeron pésimo, pues se entrometía en mi estilo y me decía cómo tenía que cambiar las frases y palabras. Finalizó su análisis con una suave pero tajante orden de reescribirlo. Desde ese momento, creo, nunca más se me pasó por la cabeza apuntarme a otro taller. Éstos eran para escritores frustrados o gente demasiado buena, o con aspiraciones a publicar algo. A mí me gustaba escribir como a quien le gusta respirar. Criticar mi escritura era criticar mi vida y ya tenía bastante con mi propia autocensura.

Más tarde mi rumbo me llevaría por diferentes lugares. Gran parte de él lo he pasado trabajando a tiempo completo, criando una hija y un hijo y hablando en un inglés chapurreado. Mi escritura se convirtió en retazos escritos al vuelo en el primer cuaderno vacío que pillaba y quizás, como actos de desesperación, hastío, tristeza o simple depresión. Y el idioma en el que los escribía era poco definido, o en inglés castellanizado o en un español lleno de anglicismos.

El año 2010 llegué a Valencina de la Concepción donde descubrí un taller de teatro que me ayudó a sacar fuera muchas de las cosas contenidas de mi lengua materna. Pasaron los años, quizás oí hablar de paso a dos compañeras del grupo de teatro de un taller de escritura al que asistían. Cary y Carmen hablaban de él como algo especial, casi como un grupo de culto, en el Club Ateneo o algo así, del cual nunca había oído hablar y que me parecía aún más oscuro. Los clubes tienen algo de secta atávica que no me atrae en lo absoluto. Por lo que fuera, nunca me sentí capaz de indagar un poco más, quizás más por miedo a mis recuerdos iniciáticos de escritura compartida.

Cary y Carmen dejaron el teatro al poco tiempo y nunca más las volví a ver hasta febrero del 2018 donde participamos en un taller creativo de mujeres. Allí volvió a renacer mi escritura y mis ganas de pertenecer a algo más grande que mis propias rumiaciones. Escuché las conversaciones de Cary y Carmen. El Ateneo desaparecía y ya no se sabía dónde iba a continuar el taller de escritura.

—Lo pasamos estupendamente. A ti te gustaría mucho, Pia — me habría dicho Cary más de una vez. Quedamos en que me enviaría más información en septiembre cuando supiera más detalles del lugar y hora del encuentro, porque el día era y sería siempre, los jueves.

Por ese entonces también me habían aceptado en un taller de escritura para mujeres en Sevilla y me embarqué en él. Fue puntual; duró solo cuatro meses. Eso sí, muy removedor con diez mujeres ansiosas por contar sus historias y que terminó en un libro y la muerte de mi padre. Los ejercicios y las conversaciones comenzaron a encender mi metrónomo[1] apagado por el agobio y la pena.

Llegó septiembre y me encuentro de nuevo con Cary en un acto del ayuntamiento.

Cary ¿has tenido más noticias del taller?

Sí, sí. Te lo envío por Whatsapp de inmediato.

Ese mismo 27 de septiembre me llegó el anuncio. Pasé la semana esperando que llegara el bendito jueves 4 de octubre.

Al entrar a la aséptica aula 2 del Centro de Formación de la calle Bulería me encuentro con un grupo de personas variopinto que ríe, conversa y reparte chocolates y pipas con cierto descontrol. Entre ellos Cary. Y también José Luis, a quién conocía de paso por el club de lectura y el grupo de teatro del pueblo. La encargada del taller, María, me saluda con unos ojos que brillan tanto como su sonrisa. Nos sentamos alrededor de una mesa y después de presentarnos de manera muy formal, todo gracias a mí, pues ellos se conocían desde hace más de cinco años, María anuncia que haríamos un ejercicio para calentar los motores. Esto ya me estaba comenzando a gustar. Más hechos que el terrorífico blablabla de muchos talleres donde al monitor le gusta más escuchar su voz que dejar hacer.

María nos pidió hacer un ejercicio de escritura automática inspirado en Natalie Wolver (sic). (Así lo que escribí en mi cuaderno). Más tarde buscaría en Internet para asegurarme de que estaba haciendo una referencia correcta y me di cuenta de que era Natalie Goldberg y su famoso libro El gozo de escribir, o tal vez otro que escribió sobre el mismo tema.

El ejercicio consistía en escribir sin parar durante cinco minutos seguidos. Cualquier cosa, lo que se nos viniera a la cabeza. Lo hice obediente como una buena afuerina. A continuación, cada uno leyó lo que había escrito. Sin tapujos ni inhibiciones. Eso fue lo que más me gustó. Nadie se sintió intimidado por una recién llegada, seguían siendo ellos y ellas mismas. Y qué bien lo pasé. Sí, yo me reí con ellos, con este puñado de gente que acababa de conocer y que me recibía como si solo hubiera estado ausente por un par de horas.

Cuando leí mi relato, todos soltaron carcajadas nerviosas que se unieron a mi propia incomodidad. María me preguntó con el brillo de los ojos algo opacado

—¿por dónde andas tú en bicicleta?

Por la cuesta de Guzmán—le respondo.

—Ah, pues me aseguraré nunca de ir por ese camino cuando tú andes en bici.

Al salir del taller, José Luis me explica que hace poco tiempo María había atropellado a un ciclista que se le cruzó de forma intempestiva en su camino y había quedado muy traumatizada.

Qué mala suerte la mía. No empezar con buen pie y de un tirón en la lista negra de la monitora. Lo más probable es que me echaran el próximo jueves. Con lo bien que me había sentido y lo mucho que había disfrutado con ese grupo tan bien dotado y tan desconocido.

Aparte de algunas ausencias, continúo y me siento parte ya de esta familia, gracias a sus integrantes y a la bella y joven monitora que siempre encuentra alguna excusa para sonreír, construir historias y comer huesitos.

[1] El término metrónomo lo he pedido prestado de Manuel Valderrama, escritor sevillano, residente de Valencina y asistente asiduo de nuestro taller, quien me dijera en una dedicatoria que me hizo en su libro Egolatría, que llevaba “el metrónomo de una novelista insertada en su prosa”.

Anuncio Taller
Anuncio que me envió Cary por Whatsapp el 27 de septiembre

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Aquí está mi ejercicio de escritura automática en su versión original

Transcripción de mi ejercicio de escritura automática

Mierda. Cuando iba bajando la cuesta a todo dar, pues quería batir un record en Strava, su nueva aplicación para medir su velocidad en bici fue un solo segundo, sí, solo uno, en el que se le fue literalmente la vida y acto seguido se encontró mirando a un camión que se le venía encima. Ahora sí que la había cagado. Ya no recordaba más. Cerró los ojos justo cuando vio al camión pasar por encima de su cabeza. O por lo menos eso es lo que creyó. Y ahora se encontraba recostada, paralizada, entumecida por los acontecimientos, en una cama que no era la suya, un techo negro por el cual se escuchaba el batir de un ventilador adolorido por el tiempo. En una esquina telas de araña tejían su morada cómodamente y las paredes de la habitación se caían a pedazos. Un hombre de unos cincuenta años le tomaba el pulso y una mujer que no se había depilado el bigote, le sostenía una mascarilla. La verdad es que no sabía si lo que veía era cierto o se lo imaginaba, pues sin gafas, que lo más probable es que yacieran hechas trizas en la cuesta de Guzmán, no veía lo que se llamaba un carajo. Pero estaba segura de que su cuerpo estaba vivo en una cama adolorida, no sabía bien por qué.

Ahora que visualizo lo que escribí, no estoy tan impresionada. Cuando lo hice, recuerdo que a María le gustó que la mujer no se hubiera depilado el bigote y yo me sentí tan orgullosa de haber escrito sin parar ni dudar por cinco minutos. Ahora, mirándolo en esta publicación de blog me parece bastante miserable.

downhill

La bajada de la cuesta de Guzmán, aunque esta foto la tomé desde el auto y no la bici

 

Nota: Este relato fue hecho como parte de un ejercicio de mi taller de escritura de los jueves denominado por nuestra monitora María, Encadenadxs al taller con las siguientes premisas:

Rescata de tu memoria la historia de cómo y por qué te apuntaste a este taller de escritura. El taller podrá ser el punto de inicio o quizá, el punto y final en tu relato. Elige qué quieres contar en relación a él y a ti y escribe tu relato encadenado a los relatos del resto.

Aquí puedes visitar el blog de María.

 

 

 

 

 

Perdida en la traducción

Estoy asistiendo a un taller de escritura creativa en mi pueblo y hoy finalmente me he animado a publicar algo de lo que he escrito. Tengo por costumbre escribir entradas en este blog, pero todas quedan en estado de borrador. Hoy seré valiente y le daré a la tecla «publicar»,  así tendré solo 28 borradores en vez de 29.

La propuesta se titulaba «En otra piel» y consistía en «escribir un relato en el que el personaje principal o alguno de los secundarios, no sea de piel blanca y occidental sino de cualquier otro color, etnia, cultura o religión«. La verdad es que no fue fácil, especialmente porque no quería malinterpretar o ser poco fidedigna con una cultura que no es la mía. Me ayudó mucho para aprender cosas que no conocía y entender cuando los escritores dicen que el proceso de escritura muchas veces conlleva una etapa de muchísima investigación. Estoy muy consciente que yo he tocado solo la punta del iceberg y lo publico con mucha humildad por todos los fallos que pueda tener y con mucho agradecimiento a mis compañeros y compañeras de taller que amablemente me elogiaron mi relato.

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Perdida en la traducción

Se preparó un café negro y corrió al despacho de la psicóloga donde la esperaban para la traducción. En la puerta se encontró con la madre quien la saludó tímida. La niña miraba temerosa como los mayores se reunían en la mesa y comenzaban a sacar papeles.

A pesar de que el sueldo no era mucho, Carmen se alegraba de estar presente en estas reuniones. Pepe, el profe de educación especial la saludó con un gesto atento.

Finalmente estaban todos reunidos. La sicóloga comenzó a dar su informe sobre los tests cognitivos que le habían administrado a la pequeña Nadine. La madre miraba ansiosa esperando a que Carmen comenzara a hablar. Ésta escuchaba y traducía con la mente en control remoto, pues los inicios eran más o menos todos iguales. Calmar a la madre, darle confianza, que nada malo iba a ocurrir y si algo positivo había de estas reuniones era que su hija recibiría ayuda gratuita del Estado para superar sus dificultades de aprendizaje. De pronto sus oídos se detuvieron. La sicóloga había comenzado el análisis más personalizado sin mirar a la madre o a la hija, y comentaba para el resto de los presentes con un gesto de pesar y asombro y casi en un susurro, quizás temiendo a que la madre por fin le entendiera. El vocabulario académico de Nadine era muy, muy bajo. No supo reconocer en ningún idioma la imagen de palabras tan cotidianas como chimenea, jamón o abanico, y no se sabía ninguno de los cuentos de los hermanos Grimm o alguna poesía infantil española. En ese preciso instante, Carmen detuvo a la sicóloga con la mano, miró a la niña y le dijo en árabe. Nadine, ¿podrías hablarme de los pájaros que habitan en tu casa, o de los cuentos que te contaba el hakawati, o cómo llegaste a este país?

Sin embargo, ante las preguntas de Carmen, no fue Nadine, sino su madre la que comenzó a hablar.

En Damasco, durante la fiesta de Ramadán solíamos ir con mi marido a escuchar al Hakawati Abu-Sami quien contaba sus historias en el café al-Nofara, uno de los cafés más antiguos del centro histórico. Una vez de vuelta en casa, yo le solía contar a Nadine algunos de los cuentos antes de dormir, o mientras preparábamos la cena. Nos reíamos mucho, y continuábamos las historias con nuestros propios sueños. A Nadine le gustaba especialmente la historia de la cabeza de caballo. El cuento se lo escuchamos por primera vez a Moumen Nawaf, un chico de 17 años que había bajado a Damasco desde Quneitra un pueblo ubicado en un valle en los Altos del Golán. Así como hay historias de amor con sapos encantados y princesas, en este cuento el sapo era una cabeza de caballo huérfana, ansiosa de amor, un matrimonio sin hijos y la hija de un rey, abierta y generosa.

Había más historias que captaban la atención de nuestra hija. Recuerdo que el cuento del carnero y el lobo la escuchamos juntas en el parque de Tishreen. Salim Adwan, un anciano de 80 años iba allí todos los días y se sentaba siempre en el mismo banco. No sabíamos muy bien como Salim había llegado a Damasco. Solo sabíamos que provenía de Rakhlah un pequeño pueblo casi en la frontera con el Líbano. Antiguamente se le llamaba Zenópolis. El anciano nos contó que cuando pequeño jugaba en las ruinas de un templo bajo la mirada del Dios sol Ba’al quien con su cabeza de un metro de diámetro y las guirnaldas que lo rodeaban, los obligaba a dirigir sus miradas al monte Hermón. Un ave con las alas extendidas se situaba en las piedras de la entrada del templo donde Salim había escuchado por primera vez de boca de un hombre tan viejo como él ahora, la historia de los dos carneros y el lobo. Nadine con su contextura delgada, se reía cada vez que imaginaba al lobo arrancar de espanto frente a la idea que el carnero flaco con sus cuernos y dientes afilados le abriría sin piedad la panza y se comería sus intestinos.

Cuando mi marido se estaba muriendo, Nadine comenzó a contarle todas estas historias hiladas con una dulzura desesperada, mezcladas con sus propias fantasías infantiles, quizás pensando que si las historias continuaban, su padre nunca se iría. Mezclaba viejas, y ogros con campesinos, cazadores, matrimonios malavenidos o amorosos, reyes justos o ambiciosos, princesas bellas y solitarias, cavernas encantadas, pollos exquisitamente horneados, jorobas de camellos y limoneros. Por tres días y tres noches, Nadine no se movió del lecho de su padre, y sólo paró de contar historias cuando Ahmad dió su último suspiro. Desde ese entonces, la niña ya no habla.

Todas las miradas se concentraron en Carmen, quien, mientras sostenía la mano de Nadine, observaba como la sicóloga se encogía de hombros y continuaba con su informe.

-FIN-

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——————————————————————————————————————–La idea del hakawati y su nombre artístico están basados en un artículo aparecido en Llibres, El «hakawati» que mantiene vivo el oficio de leer cuentos. Los nombres de los narradores y la base de los cuentos que le gustaban a Nadine fueron sacados de historias y narraciones reales del proyecto Timeless Tales: Folktales told by Syrian refugees . El nombre de Nadine fue inspirado en el nombre de una escritora siria de cuentos infantiles, Nadine Kaadan. La idea que Nadine comienza a contarle historias a su padre en su lecho de muerte fue inspirada del libro The Clothesline Swing de Ahmad Danny Ramadan. El templo donde jugaba el viejo Salim cuando pequeño en el pueblo de Rakhlah, es uno de los dos templos de este pueblo que forman parte de las ruinas conocidas como el conjunto de templos del monte Hermón.

Al escribir este cuento me he dado cuenta que hay muchos niños y niñas refugiados que no tienen un antes y un después, ni un país de referencia, sino que un ahora enmarcado en un campo de refugiados, donde están creciendo con la sensación de ser un estorbo o de tener que dar las gracias hasta la eternidad porque los han «salvado». ¿Hay alguna forma positiva de ponernos en su piel para que se sientan no solo acogidos o aceptados sino que necesarios para construir una historia más amable de la sociedad?

El libro de lágrimas – The book of tears

Libro LagrimasCuando vi El libro de lágrimas de Peré Ginard, me sentí totalmente identificada. Por de pronto, era muy breve, pero lleno de palabras e ilustraciones contundentes que podrían llegar a cualquiera, pues todos tenemos lágrimas, quizás por distintas razones, pero al final son todas agua salada, como si tuviéramos una inmensa reserva de mar en nuestro interior. Y pensé en mis ojos que están constantemete húmedos, dolientes y que si dejo correr un pequeño pensamiento se llenan de lágrimas. Mis ojos están siempre húmedos porque paradojalmente los tengo muy secos. Mis lágrimas son gordas, solo visibles a mi alma solitaria, y llegan durante el silencio del recuerdo o cuando pienso que no pueden tocar la piel de mis hijos. No desaparecen si no logro encontrar un pañuelo desechable o la manga de mi camisa, pues estoy desnuda. Y es ahí cuando se convierten en parte de mi piel, en mi mejilla áspera o en mi exceso de sodio. Debería tener la presión alta, pero no la tengo.

¿Qué tipo de lágrimas tienes tú?

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Libro Lagrimas 5«Libro de lágrimas» (Anaya, 2002) beautiful book by Peré Ginard, written like a long poem and illustrated by the author. It has so many possibilities. Improv ideas, working with ESL kids, or students who are learning Spanish, working with anybody on emotions.

There are all sort of tears, but all of them are salty, like if we had a small little ocean inside us.

We all have tears. Some people have them when they say goodbye, or are lost, or scared, or lost something, or sneeze, or have tummy ache, or the sun is too bright or they can’t breathe. Some tears are because we’re happy or laughing, or they’re just crocodile tears…
My eyes are constantly wet because they are extremely dry, and also because I cry a lot. My tears are fat, only visible to my own soul; they mostly show up in silence when I remember; when I think they cannot touch my kids; and they don’t disappear if I can’t reach a napkin or the tip of my sleeve, because I am naked. And it’s then, when they become part of my skin, my rough cheek or my excess sodium intake. I should have high blood pressure but I don’t.

What type of tears do you have?

 

Bienvenidos al blog con las desvariaciones en español de la Intervencionista

If you want to read my English raving, visit my old new now only English blog La Intervencionista from the Guadalquivir River at https://elintervencionista.wordpress.com/

WhatsApp Image 2018-04-10 at 01.32.36 (1)En el comienzo de los comienzos, así, igual que Adán y Eva, estaba El Intervencionista, que luego pasó a llamarse La Intervencionista, pues la única que escribía era yo, y definitivamente El Intervencionista no me identificaba para nada, hasta el punto que me comenzó a molestar su dirección https://elintervencionista.wordpress.com pues me parecía una contradicción.

Por esta razón me he decidido a crear la dirección correcta y mantener este blog para mis desvariaciones en español. Como el idioma inglés tiene menos distinciones odiosas de género, decidí conservar el blog masculino con su URL original para mis disgresiones en inglés, y así dejo de estar mezclando idiomas. Además cuando me puse a investigar en wordpress si se podía cambiar la dirección del blog, me di cuenta que a pesar de que se podía, el nombre elintervencionista.wordpress.com sería borrado para siempre del ciberespacio y nadie lo podría usar de nuevo, ni yo misma. Esta idea de hacer desaparecer al intervencionista de un huaracazo me pareció intolerable, por lo que dejarlo para el inglés me pareció la opción más noble.

Bienvenidos a LA verdadera Intervencionista!